Reportajes Club Marco Polo 2008: segundo premio
Escrito por Alicia el 16 Noviembre 2009 – 11:42 -Presentamos el segundo premio de reportajes del pasado año 2008 que nos envió Chere Luzzy:
SIBONEY
Se acercaba nuestro último dÃa en Santiago y decidimos conocer por fin la famosa playa Siboney para ver cómo celebraban la fiesta de despedida del verano sus habitantes, algo que nos ofrecÃan a menudo por la calle durante nuestros dÃas en la ciudad. Después de algunas negociaciones, aceptamos el ofrecimiento de un hombre que aseguraba tener un buen carro, con el que incluso podrÃa llevarnos al dÃa siguiente a Camagüey, nuestro próximo destino en Cuba, para el que todavÃa no habÃamos conseguido transporte. Tras ajustar el precio con el hombre, quien nos inspiraba de todo menos confianza, aceptamos ver el gran coche y probar primero con la excursión de la playa (que sólo eran diez kilómetros) antes de concretar lo del dÃa siguiente.
No hay palabras para describir la situación en que se encontraba el vehÃculo con el que nos pretendÃa trasladar a
más de trescientos kilómetros hacia el oeste por carreteras intransitables. A esas alturas no puede decirse que nos sorprendiera, pero era peor de lo que habÃamos imaginado. Cuando nos metimos los cuatro más el conductor en ese cacharro, herencia de las buenas relaciones con Rusia, creà que no podrÃamos salir del aparcamiento. Me tranquilizaba pensar que no iba a arrancar y asà no tendrÃamos que viajar en él. Pero arrancó. Y aunque lo parecÃa, no cayó ninguna puerta al cerrarse. Y nos dirigimos a la playa de Siboney, donde supuestamente habÃa buenos lugares para comer y nos iba a encantar su ambiente. Nunca diez kilómetros fueron tan largos. Yo intentaba explicarle a nuestro hombre que nunca llegarÃamos con ese coche, que hacÃa mucho ruido y se iba a parar. Le preguntaba, más como un pensamiento en voz alta, cómo habÃa podido pensar que Ãbamos a hacer trescientos kilómetros montados en él al dÃa siguiente si ni siquiera parecÃa capaz de llevarnos a un destino tan cercano. Él seguÃa empecinado en que era un buen carro, con el que habÃa hecho muchos viajes, y que también podÃa subir a la Gran Piedra si querÃamos hacerlo de paso. ¡No, gracias! -le dije- ya habÃamos hecho esa visita con un coche moderno el dÃa anterior y le costó bastante subir, con ésto no podrÃamos ni llegar a la mitad del camino. Y él, obstinado, que su coche funcionaba muy bien y … de pronto empezamos a sufrir bruscos tirones que amenazaban con dejarnos tirados en medio de la carretera. Luego empezaron los controles de policÃa, tan habituales en el paÃs, y él: -que no hay problema, señora, que a mà me conocen todos y pasaremos sin pararnos-. Pero le hacÃan bajar y le pedÃan documentación (y más probablemente unos pesos). Y yo sintiendo pena por él, pero a la vez un inmenso cabreo conmigo misma por haberme dejado convencer. Amenazaba tormenta y el hombre volvió a tranquilizarnos: -no va a llover, sólo está descargando en la montaña ¿lo ven? –nos señalaba a la izquierda los grandes nubarrones. A los pocos segundos comenzó una lluvia monzónica que no nos dejaba ver a dos metros delante del parabrisas. No sé cómo, pero llegamos a nuestro destino, o quizá no lo era, nunca lo supimos; a pesar de que hablábamos el mismo idioma, creo que nunca nos entendimos. Nos dejó a la entrada de lo que nos explicó era un restaurante. Calados hasta los huesos subimos a la terraza cubierta para protegernos de la lluvia y nos sentamos en una de las mesas, éramos los únicos clientes. Inmediatamente vinieron a atendernos, o mejor dicho, a acosarnos dos de los empleados. Les pedimos un poco de tiempo para secarnos y de paso preguntamos si podrÃamos comer. –Por supuesto, lo que quieran- fue la contestación. Nunca dan un NO por respuesta.
El local no ofrecÃa mucha confianza, pero no se veÃa nada más por allà cerca, ya se habÃa asegurado nuestro conductor de que asà fuera, con lo cual tendrÃamos que pedir cualquier cosa. Cuando nos ofrecieron sus productos, y sobre todo sus desorbitados precios, con la dudosa garantÃa a ojos vista, nos dimos cuenta de que el timo estaba garantizado. Nos limitamos a pedir unos refrescos y salimos apresuradamente aprovechando que la lluvia habÃa calmado su furia.
Y bien, de repente nos encontramos tirados en medio de una playa extrañÃsima
-suponemos que Siboney- atestada de gente que celebraba el final del verano bailando, cantando y comiendo en el suelo a la orilla del agua. Éramos los únicos turistas, es más, éramos los únicos blancos, y más aún -como muy oportunamente apuntó mi hijo mayor viendo la imagen de su padre intentando fotografiarlo todo con su cámara- éramos un blanco perfecto. Viendo que amenazaba nuevamente la tormenta y algo más, optamos por volvernos sin la esperanza de encontrar a nuestro chófer, o quizá esperando encontrarnos a algún otro voluntario que tuviera un coche mÃnimamente adecuado. Pero en cuanto salimos a la carretera, allà estaba, esperando para llevarnos de regreso, no sé cómo lo hacÃa. Y efectivamente, nos devolvió a Santiago sanos y salvos, aunque no sin sobresaltos: se paró el coche en mitad del camino porque se habÃa quedado sin gasolina.    -¡No pasa nada!. ¡Para, compadre! – le gritó a un motorista que pasaba. A continuación nos pidió un dólar y, con un tubito de goma que llevaba para esas ocasiones, pasó un poco de combustible a su motor desde el depósito de la moto y le pagó con nuestro dinero. Todo resuelto, aquà se vive inventando, a esas alturas del viaje ya lo sabÃamos.
Cuando llegamos no hizo falta decirle que no volverÃamos a viajar con él y su maldito coche a ninguna parte, cogió el dinero más que deprisa y desapareció de nuestra vista para siempre. Pero nunca desapareció de nuestro recuerdo, como tantos otros compañeros de viaje que hicimos en esa Cuba única.
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